Debido a la
imposibilidad absoluta de escribir nada coherente, por el estado
de coma inducido en que mantengo mi cerebro mononeuronal, encontré este texto
entre mis copias de seguridad del blog anterior y lo hago servir para reiniciar la marcha. Además de servirme como anillo al dedo para demostrar que en el fondo y a pesar de todo, soy más bueno que el pan…sólo
es cuestión de untarme un poco de mantequilla..:)
Diccionario de la RAE:
baldear:
Regar con baldes cualquier suelo, en especial las cubiertas de los buques con el
fin de refrescarlas.
Regularmente en nuestra casa ocurría una pequeña
revolución: el día escogido para baldear.
Bien temprano recogíamos los muebles, abríamos puertas y ventanas e inundábamos
las habitaciones de agua y jabón, sin contemplaciones, como una versión
doméstica del diluvio universal.
No tengo que decir que para los niños era una
fiesta. Ese día nos estaba permitido mirar más de cerca, ¡sin tocar!, la
vajilla de la vitrina, los vasos y copas multicolores, la mantequillera en
forma de campesina holandesa, los pozuelos de porcelana amarilla que jamás
supimos para qué servían, y el resto de objetos celosamente guardados detrás de
los cristales.
Durante unas horas las paredes se desnudaban,
porque del trapo húmedo no se salvaban ni el par de bailarines de yeso, ni las
plumas del indio piel roja: al final
del día todo tenía que estar desempolvado, lavado, seco y recolocado.
En ocasiones el baldeo iba más allá y la sala se trastocaba en dormitorio, el
comedor perdía simetría y los armarios cambiaban de habitación, así era posible
que tu cama dejara de ser la primera de
la derecha al entrar para convertirse en la última de la izquierda, justo debajo de la ventana.
Muebles, cuadros y cortinas cambiaban de sitio,
para alegrar la vista, decía mi
abuela, o para despistar las energías
negativas, según mi tía. Cualquiera que fuese la razón, al día siguiente la
casa parecía totalmente renovada, limpia, reluciente, en fin, baldeada.
No existía una fecha determinada para baldear, se decidía el día antes o
incluso el mismo día por la mañana. Mi abuela lo hacía…y mi madre…y mis tías…y
los hijos de mi madre y de mis tías…
A mi padre no es que le hiciera mucha gracia,
pero eso tiene el vivir bajo un matriarcado: los hombres opinan y las mujeres
deciden. Es mejor sumarte al baile que excluirte, tal vez por eso mi abuelo era
el primero en colaborar y cubo en mano nos hacía saltar chillando bajo al agua,
para luego asegurar: Les dije que se
apartaran….. Pero no era cierto, no lo había dicho!
Estoy por enviar una sugerencia a la Real
Academia, baldear no sólo refresca.
Para nosotros, si un asunto parecía turbio
necesitaba un baldeo; si un problema
se nos escapaba de las manos, rápidamente tenía que baldearse; si parecía que todo se torcía y la mala suerte te
perseguía, te tenías que baldear para
despejar el camino; dejar las cosas claras en una discusión era dar un baldeo y si alguien o algo no
tenía solución era sencillamente imbaldeable.
La vida me ha enseñado que baldear de vez en cuando va de maravillas.
Es como sacarte el corazón y cepillar los sentimientos. ¡Bien fuerte!. Luego
dejas correr agua en abundancia, que arrastre toda la mugre que puedas haber
acumulado.
…¡Apa!...¡Escoba al canto y fuera el agua sucia!...
Después secas con cuidado, pero a conciencia, y
vuelves a colgarte el corazón en el lado que te plazca.
Sí, eso del baldeo cansa…¡pero te quedas
tan a gusto!...